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Flotando con Lartigue (y II)

Ayer conocimos a Lartigue y su búsqueda permanente de la felicidad, y hoy repasaremos su obra para profundizar un poco más en la vida de este genio de la fotografía.

Dado que nunca se consideró más que un simple aprendiz, que se dedicaba a hacer fotografías para sí mismo, siempre ha sido inclasificable tanto para conservadores como para críticos. Por eso, sus imágenes suelen presentarse cronológicamente o agrupadas por temas. Algunos de estos pueden ser los siguientes:

EL PASO DEL TIEMPO

Como sabemos, Lartigue se obsesionó desde su infancia con fijar la felicidad, recordando y anotando todo lo que experimentaba. Sin embargo, hay que decir que su genialidad no reside en fotografiar esa memoria o esa felicidad, sino el elemento común a ambas y que constituye su esencia: la fragilidad.

En las fotografías de Lartigue, la felicidad está siempre relacionada con el cuerpo humano y su interacción con el espacio que lo rodea. La gente recibe los embates del oleaje, los golpes de viento o los rayos del sol. Los cuerpos pierden constantemente la verticalidad y se levantan del suelo. Todo depende de la gracia con la que se captan los movimientos casi imperceptibles: una mirada repentina que dura tan sólo un instante, o un gesto en equilibrio inestable.

 

 

 

UNA MIRADA MODERNA

Lartigue fue un precursor con sus fotografías. Estas, pese a parecer estáticas, tienen la virtud de que reflejan siempre la posible continuación del tiempo. El espectador sabe (o intuye) qué pasó inmediatamente después de tomarse la imagen, y eso dota a la fotografía de una nueva perspectiva.

Del mismo modo, Lartigue utiliza con maestría el encuadre en distintos momentos del acto fotográfico. Por un lado, en el instante de apretar el disparador. Su cámara se convierte en una prolongación de su cuerpo, y a veces está situada a ras de suelo, como si mirásemos con los ojos de un niño, mientras que otras se adapta a los andares de una persona, o se sitúa al mismo nivel que una barca que intenta luchar contra el oleaje.

En otras ocasiones, el encuadre es el resultado de una reflexión, sobre todo cuando Lartigue revela sus fotografías en la cámara oscura. Para ello, no duda en manipular sus imágenes, ampliar un detalle o cortar una parte para intensificar el efecto que busca.

Progresivamente, Lartigue fue teniendo más en cuenta el encuadre en el momento de fotografiar. En sus imágenes encontramos abundantes elementos arquitectónicos —puertas, ventanas, juegos de sombras, espejos— que parecen atrapar a los protagonistas. Sin embargo, estos, en lugar de encontrar a qué aferrarse en medio de todas las líneas que los rodean, parecen flotar sin sujeción.

LA VELOCIDAD

A principios del siglo XX, la percepción de la realidad se redefine completamente. Los avances tecnológicos permiten reducir enormemente las distancias, y el tiempo se relativiza gracias a Einstein.

Surge la idea de velocidad, cuya realidad física intentó plasmar Lartigue durante su juventud. Principalmente en los circuitos de carreras de automóviles, donde consiguió representar un espacio comprimido, deformado: una transformación violenta del campo de visión, tal y como él lo percibía cuando experimentaba la velocidad.

 

Lartigue nació con los primeros Juegos Olímpicos y fue criado en una familia en la que el deporte ocupaba un lugar muy destacado en la educación. Por ello no es de extrañar que en sus fotografías las líneas se muevan a su alrededor, los espacios se amplíen y surjan perspectivas inéditas a cada instante.

LA LIGEREZA

Cuando era niño, el sueño más repetido de Lartigue era poder volar. De ahí que disfrutara representando a las personas como si flotasen, volando, como si no hubiera gravedad… lo que no es otra cosa que un reflejo de su vitalidad y de la alegría por vivir.

Es difícil calcular cuántos saltos y despegues hay en la obra de Lartigue. Pero todos ellos implican necesariamente descensos, caídas, salpicaduras, que suelen ir acompañadas de carcajadas, y por lo tanto de momentos felices.

 

LA BELLEZA FEMENINA

En el universo de Lartigue sólo hay mujeres jóvenes y hermosas. La búsqueda de la felicidad y de la belleza que lleva a cabo desde su infancia excluye por completo cualquier deformidad o signo de envejecimiento y mantiene a distancia todo lo que pueda recordar la fealdad y la muerte.

En la primavera de 1910, con apenas 16 años, Lartigue comenzó a frecuentar la avenida del Bois de Boulogne, cerca de su casa, donde las mujeres distinguidas paseaban a horas concretas para enseñar sus vestidos nuevos. No le interesaba la moda del momento, sino las mujeres elegantes que veía a su paso, a las que dedicó un gran número de fotografías.

El tema femenino supone una ruptura con el resto de su obra. Por un lado, sus primeras representaciones de las paseantes ponen de manifiesto una distancia y un temor nuevos, provocados en primer lugar por la diferencia de edad y, después, por el deseo sexual. Lartigue se esconde, y esta es la única vez en toda su obra en la que se da un distanciamiento entre él y lo que fotografía. De ahí el encuadre oblicuo que suele emplear o esa toma de vista tan baja.

Sin embargo, con la experiencia, la mirada de Lartigue cambia y mira directamente a los ojos de sus amantes.

Por otro lado, contraste enormemente con el resto de su obra que esas mujeres indolentes no hagan nada: Lartigue les pide explícitamente que no se muevan. Quiere plasmar la belleza femenina en toda su extensión.


 

EN BUSCA DE LO DESCONOCIDO

El siglo XX comienza con enormes avances técnicos que cambian la vida de las personas. La velocidad permite recorrer sin obstáculos nuevos territorios, y esto dispara la imaginación de Lartigue, que sueña con ser un aviador, un piloto de carreras o un explorador de mundos lejanos. Junto a su hermano Zissou, se disfraza con gorros, gafas y abrigos de piel, dando lugar a otro tipo de imágenes, donde predominan figuras enmascaradas, pesadas y paralizadas en su singular atuendo.

Esos nuevos horizontes también provocan la fascinación de Lartigue por el infinito y la naturaleza, donde el hombre se enfrenta a su soledad. El individuo aparece apenas sin consistencia, como un fantasma agitado por el viento o movido por las olas. Era la forma que tenía de decir que, a pesar de todas las posibilidades que se abrían ante sus ojos, de todos los momentos felices que quería retener, al final todo era en vano: nuestro paso por el mundo es demasiado efímero.


2 Responses to “Flotando con Lartigue (y II)”


  1. 17/06/2011 a las 09:10

    Siempre me gusta poner el ejemplo de la primera foto de velocidad (la de la rueda deformada y numero 6) como antiejemplo de la perfección técnológica que manda hoy en día, la foto fue hecha con una cámara ‘defectuosa’ aun así salió un fotón.

    No es que la rueda estuviera así, es que la cámara no era una joya en la obturación y a alta velocidad deformaba lás imágenes, algo parecido a lo que pasaba con la cámara de los primeros iphones

  2. 17/06/2011 a las 15:40

    Lo que me fascina es que, con ese defecto en la cámara que señalas, consiguiera plasmar tan magistralmente la sensación de velocidad.
    Recuerdo que la primera vez que vi esa fotografía, pensé en los personajes de dibujos animados que echan a correr y sus piernas se convierten en círculos, no muy distintos de esas ruedas…
    Me ha encantado encontrarte también por aquí, Alfonso. Bienvenido!


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